‘Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren’
POR GERARDO QUINTERO TELLO

DIRECTOR DE NOTICIERO 90 MINUTOS, (AUTOR DE LOS LIBROS ‘ECUAJEY’ , ‘TRAIGO DE TODO’)
Pocos saben quién es Héctor Juan Pérez Martínez, pero todos recuerdan a Héctor Lavoe. Su nuevo apellido se lo puso el productor Arturo Francis, quien escuchó a Héctor y dijo tiene la voz, que se transformó en Lavoe (la voz en francés), para diferenciarlo del cantante puertorriqueño Felipe ‘La Voz’ Rodríguez.
‘El cantante de los cantantes’, ‘El hombre que respiraba debajo del agua’, ‘El rey de la puntualidad’, se ganó el espacio en el imaginario musical salsero del mundo.
“Héctor llegó a Nueva York; un jibarito pícaro. Jovencito, con maña y muchas ganas de triunfar. Un flaco bonitillo con mucha labia. Héctor era brillante, tenía un sentido de humor que era como un látigo para aquel que se atreviera a meterse con él. Tenía un impresionante repertorio de refranes (como todo buen boricua) y un vocabulario lírico y de estilos musicales sin igual. Por eso cuando yo quería hacer una canción en cualquier estilo, sea un tango estilo Gardel, una bomba estilo Maelo o un mapeyé estilo Chuíto, Héctor lo entendía y lo ejecutaba sin perder un compás”, así recordaba Willie Colón su primer encuentro con quien en su convertiría en su gran amigo y socio musical. Esa remembranza consignada en el tremendo libro ‘Cada cabeza es un mundo, la historia de Héctor Lavoe’, del escritor boricua Jaime Torres Torres, refleja el alma de un hombre ‘incomprendido’, como alguna vez cantó el gran Ismael Rivera.
Basta, también, leer uno de los apartes de la introducción del mismo libro para entender que el escritor lo describe con una pasión única y un admiración notable, llena de palabras que brotan desde el alma: “Héctor fue un tipazo de nobles sentimientos. El artista nunca maniató al ser humano y viceversa. Siempre fue el mismo. El Hombre-Cantante y el Cantante-Hombre que puso al mundo salsero a gozar, llorar, guarachar, parrandear, sufrir y celebrar la vida”.
En Cali, Héctor fue y sigue siendo ídolo. Este 30 de septiembre del 2026, Héctor cumpliría ochenta años, lastimosamente lo que conmemoramos el 29 de junio fueron 33 años de su partida, pero el pregón de Héctor sigue guapeando como ayer.
Su vida fue como sus canciones. Muchas de las interpretaciones son su vida misma. ‘El Día de Mi Suerte’, ‘El Cantante’, ‘La Fama’, ‘Juanito Alimaña’, ‘Periódico de Ayer’, ‘Barrunto’, lo dibujan en sus propias tristezas, cantadas con ese fraseo que lo hizo único.
“Un sabio de la nada”. Me gusta esa definición que hizo mi amigo, el investigador musical Rafael Quintero, del viejo Héctor. “Cantaba con facilidad desde su tonalidad media, y sabía avanzar con soltura por los caminos del sabor latino, a través de la extensión del pentagrama. Lo hacía al natural, con precisión y dominio, tomado de la escuela de los callejones de los barrios neoyorkinos, como de los improvisadores campesinos, de donde procede el dominio de su canto. Parecía un iluminado terrenal, un sabio de la nada. Fue el preferido de los cantantes de su generación y por eso se le llamó, ‘El cantante de los cantantes’. Murió cuando había cumplido 46 años de vida y tragedias. Siempre le recordaremos. Su música sigue sonando cada día en nosotros como una canción interminable”.
Otra salsera de quilates, la periodista y escritora caleña Carmen Andrea Rengifo recuerda el impacto que se sintió en su colegio (el Inem) aquella fatídica fecha de su fallecimiento: “Era el año 1993, un murmullo se oía entre los compañeros de octavo grado, vi lágrimas en algunos de ellos y un lamento extraño en el ambiente. Murió Héctor Lavoe, decían. El lamento se repartía en la radio, en la prensa; el murmullo de sus pregones. Es el recuerdo más vivo que conserva mi memoria; la leyenda toma forma. Han pasado casi tres décadas, he perdido la cuenta de cuántas veces bailé en el colegio, en casas, en minitecas, en discotecas de Juanchito, de Cali, y Menga y en otros lugares, la salsa del cantante de los cantantes. Un himno, una religión, una patria, una barriada. Vibración: el cuerpo y el alma rendidos a la reina rumba”.
Héctor caminó de prisa, tuvo poca suerte, reía como loco, pero las penas lo ahogaban brutalmente y como una de sus canciones más recordadas, su vida fue triste y vacía. Los excesos de la rumba y la mala suerte lo acompañaron no pocas veces. La muerte de su madre cuando tenía 3 años fue su primera tragedia y de allí se desgranaron muchas más que lo fueron consumiendo en vida. 1987 fue su año de quiebre. Ese ‘annus horribilis’, Héctor tuvo una fractura cuando se lanzó desde su apartamento en Queens, que ardía en llamas; al tiempo, su suegra fue asesinada y nunca más volvió a interpretar ‘Soñando Despierto’ en dónde de manera graciosa hace un pregoneo que dice: ‘ay, anoche soñé que mi suegra se había muerto, triste me puse a llorar cuando vi que no era cierto”.
Meses después viajó a Puerto Rico para que su padre lo viera por primera vez en tarima, y una semana después el viejo Luis Pérez falleció y lo peor estaba por venir, en mayo su hijo menor, Tito, murió accidentalmente de un disparo.
El mayor golpe para este hombre que rogaba que pronto llegara el día de su suerte sucedió un fatídico 7 de mayo de 1987. Ese día su hijo, Héctor Pérez Junior, murió en plena adolescencia al manipular un arma de fuego con la que se disparó accidentalmente.
No hay duda que ese terrible día, ‘El cantante de los cantantes’ también murió. No había forma de recuperarse de tanto dolor, en tan poco tiempo. Sus peores demonios salieron a flote, se intensificó el consumo de drogas duras y ya ni las casas de reposo fueron suficientes para darle consuelo a tantas tristezas.
‘Strikes Back’, su último álbum grabado en estudio, solo fue un bálsamo en medio de la intensa agonía que padecía este hombre que como su colega Ray Barreto, parecía ‘indestructible’ ante su público.
En esa producción que vio la luz en 1987, ‘Ella mintió’ y ‘Escarcha’ se convirtieron en un fenómeno que hablaba de un Lavoe que a pesar de todo no sucumbía ante nada. Sin embargo, como en ‘El Cantante’, “nadie pregunta si sufro, si lloro, si tengo una pena que hiere muy hondo”. Héctor ya no era el mismo, la melancolía era una huella marcada en su rostro.
Y es en ese ‘long play’ donde canta aquello que tantas veces le dijeron, algunas veces de vacilón y otras con desdén: ‘El Loco’. Un numerito con la composición de Tommy Sánchez y los arreglos del recientemente fallecido Marty Sheller, que como tantas otras veces, parecía que le calzaba perfectamente.
“Loco, loco voy por la vida
Canto, río y sufro también
Soy humano y todo me pasa
Por eso siempre yo loco seré
Y cada día más loco estaré
Unos tienen su tumba’o y yo tengo mi saoco”
Un loco genial, eso era Héctor Lavoe. Sus crisis personales lo llevaron no pocas veces a esas casas donde se busca que la mente encuentre algo de alivio, pero Héctor no aguantaba encerrado, porque la calle lo llamaba.
“Pronto llegará el día de mi suerte, sé que antes de mi muerte, seguro que mi suerte cambiará”. Pero la verdad es que no llegó, amigo Héctor.
Amado por todos los salseros que le rendían culto a pesar de que no fuera un ‘showman’ en tarima, Héctor no soportó que nadie le preguntara si sufría o si lloraba o si tenía una pena que lo hería muy hondo.
Héctor dejó, tal vez, el más grande legado musical de la vida de un artista. La canción ‘El Cantante’, de la autoría de Rubén Blades y con arreglos de Willie Colón se convirtió en el tema que lo haría inmortal, y eso que Lavoe tiene demasiados para ser recordado.
“Si no me quieren en vida, cuando muera no me lloren”, soneaba el viejo ‘Jéctor’ con tanto acierto en un tema que, dice la leyenda, fue solicitado por el propio Jerry Masucci a Rubén para darle un nuevo aire a Lavoe que ya transitaba por caminos oscuros, de aquellos en los que nadie pregunta si sufro o si lloro, si tengo una pena que hiere muy hondo. ‘El Cantante’, del álbum ‘Comedia’, se llevó un disco de oro y se transformó en uno de los temas clásicos e imperdibles en la historia de la música afrolatina.
Para muchos salseros, Héctor no tenía una gran voz. Tampoco era buen bailarín, pero como me lo dijo Henry Fiol, tenía calle, alma de barrio, guapería, cantaba con pena y sentimiento, conectaba con ese pueblo al que puso a vibrar con ‘Mi Gente’. Cali era su casa y aquí vivió un poco más de tres meses; caminó sus bares, puso su alma de cantante de calle en Juanchito. Aquí, en esta ciudad, ‘Juanito Alimaña’ tronó para el mundo. Aquí supimos, primero que todos, que cuando lo metían preso salía al otro día, porque un primo suyo tá’ en la Policía.
El escritor venezolano César Miguel Rondón resume de una manera perfecta toda esa condición personal y profesional que rodeaba al gran Lavoe. Una vida que era el reflejo de sus propios vicios y virtudes, de fortunas y melancolías, de llantos y penas y que empató de una manera tan profunda con el alma del melómano salsero.
“La amplitud de situaciones y vivencias que asume la salsa difícilmente pueden ser resumidas en un cantante, la diversidad es inmensa. Sin embargo, Héctor Lavoe, un músico que se hizo profesional en plena adolescencia, que salió desde muy abajo para ser sometido al vértigo de las famas repentinas es, sin más, un buen ejemplo de lo que de una u otra forma sucedió en esos años setenta cuando el barrio caribeño invadió la ciudad con la fuerza y la autenticidad de su montuno”, enfatiza el escritor con gran certeza.
Muchos aún recuerdan que el viaje hasta el cementerio Saint Raymond del Bronx duró más de seis horas. Allí fue enterrado al lado de su hijo Héctor Jr. Unos días después de su muerte, Fania publicó el álbum póstumo The Master & the Protege que contó con la voz de Lavoe solo en algunas canciones porque su voz ya no era la misma, el ‘caballo’ ya andaba enfermo, cansado, agotado y el sello solo quería exprimir un poco más la chequera.
La mayoría de temas fueron terminados por Van Lester, cantante que tenía un timbre similar al de Lavoe y que Jerry Masucci y Ralph Mercado decidieron convocar para poder imprimir el álbum.
En junio del 2002, los restos de Héctor fueron llevados a su ciudad natal, su amado Ponce, en Puerto Rico, tal y como él mismo lo pidió. Junto a él descansan los cuerpos de su esposa Nilda Román, la polémica y recordada ‘Puchi’ y su hijo Héctor Pérez Jr.
“Parecía la trama de un thriller. Muerto y de camino al camposanto Saint Ra-ymond, Héctor Lavoe amenizó una rumba de gozo, desesperación, placer y angustia durante su último recorrido por las calles y avenidas de su querido Bronx. Los jóvenes, niños, caballeros y señoras que lo acompañaron hasta su última morada sabían que Lavoe fue un loco que nunca le hizo daño a nadie. Y pensando en lo triste y vacía que fue su vida, elevaron sus plegarias al Todopoderoso por el eterno descanso de su alma. Como prólogo a su capítulo final en la tierra, la familia y algunos allegados trasladaron sus restos a la Iglesia Santa Cecilia temprano en la mañana del viernes 2 de julio de 1993 para la ceremonia eucarística de rigor.
Tras recibir los santos óleos, el féretro fue cubierto con la bandera de Puerto Rico. El cura de turno fue sincero: admitió que no conocía absolutamente nada de la trayectoria de ‘El Cantante’. La letra de la composición ‘El Todopoderoso’ llegó a sus manos y en la homilía el sacerdote se limitó a leer e interpretar las frases del primer éxito musical de Lavoe, tras su fructífera unión con el gran ausente de su sepelio, Willie Colón:
‘Si viéramos bien al mundo
Y a nuestros pueblos hermanos No existiera lo rotundo
Ni existiera la creencia Cada cabeza es un mundo…’
Así recordó el escritor Jaime Torres el momento en que ‘todo tiene su final’
‘El rey de las guerras del Cuchifrito’ –como lo despidió Willie Colón en un sentido memorial- perdura en la escena salsera y tiene su sitial en el Olimpo musical caleño del que hacen parte ‘deidades’ como Ismael Rivera, Pete ‘El Conde’ Rodríguez, Celia Cruz, Ray Barreto, Marvin Santiago y Frankie Ruiz.
Hoy celebramos los 80 años de nacimiento de Héctor Lavoe, el artista al que llamaban loco, pero del que nadie sabía su dolor porque lo conocían poco, pero que siempre estaba orgulloso, “porque siempre yo loco seré y cada día más loco estaré”.



