La Emisora donde se siente, se aprende y se vive la Salsa. ¡Llegó y Pegó!

¿Qué fue lo que dijo Jhonny Pacheco de Cali?

Este 15 de febrero cuando se cumplen cinco  años de la partida de un artista fundamental para la historia de la salsa, recordamos la historia de cómo Jhonny Pacheco decidió declarar a Cali como ‘Capital Mundial de la Salsa’. Con sus protagonistas, rememoramos un episodio clave para que esta ciudad continuara protegiendo un legado que uno de sus creadores entregó a los caleños.

 

Por Gerardo Quintero Tello
Director de 90 Minutos y escritor de los libros ‘Ecuajey’ y ‘Traigo de todo’

 

 

A pesar de los muchos inviernos y sobre todo veranos que han pasado durante estos años en Nueva York, Miguel Yusti, el inquieto caleño rumbero de los años setenta y joven estelar de aquella generación, aún recuerda con detalles la primera vez que conoció a quien se convertiría en un gran amigo y cómplice de aquellas largas noches furtivas de desenfreno rumbero: el señor Jhony Pacheco.

Fue un verano en Nueva York, como nos cantó el Gran Combo, cuando Yusti visitó a su hermano Álvaro, quien vivía en esa capital del mundo en aquel año de 1976. La ciudad cosmopolita ya era una amalgama de sonidos, pura experimentación no solo musical sino también con las drogas que se descubrían, un mundo pleno de amor libre y de una juventud que luchaba por cambiar estructuras.

Miguel Yusti, que por entonces era directivo de la Universidad del Valle, se asomaba a ese mundo con la expectativa de escuchar a esos monstruos a los que solo tenía acceso a través de los Long Play que compraba en el centro caleño, en el almacén de Alcibíades Bedoya, o cuando sonaba alguna de las ‘panelas’ en Radio Tigre o Radio El Sol.

Ese joven caleño llegaba a la Gran Manzana poseído por un ritmo que habían bautizado salsa y que como los grandes acontecimientos tenía una fecha fundacional. Una noche del 26 de agosto de 1971 se había realizado el estelar concierto de la Fania All Stars en el prestigioso Salón Cheeta. Ya nunca más las noches de los latinos, los negros y algunos ‘gringos’ de Nueva York volverían a ser iguales. El club estaba ubicado en la 53 Street con 8th Avenue, en Brodway y tenía capacidad para dos mil personas, pero además de ser un gran sitio de rumba poseía una biblioteca, sala de cine y televisión a color.

La Fania All Stars, que comandaba Pacheco, puso en el mapa latino a este club dedicado a la música afroamericana. El fervor y jolgorio de los asistentes quedó registrado por la lente del cineasta León Gast, quien a partir de este jolgorio realizó el documental ‘Our Latin Thing’.

Un jueves de aquel julio caluroso de 1976, el académico Miguel Yusti se fue con su hermano al legendario Corso, el mismo de la Calle Ochenta y Seis de la 205 Este, saliendo de la esquina de la Tercera Avenida. El Corso competía ‘mano a mano’ con otros sitios como El Chez José o el Palladium por los sonidos que provenían del barrio latino y, por supuesto, por la cantidad de audiencias que se congregaban en aquellos emblemáticos lugares. Basta recordar que el Chez José abrió sus puertas en 1965 con nadie más ni nadie menos que con la mismísima orquesta de Larry Harlow, como su gran atracción.

Y vaya qué casualidad pues cuando Yusti llegó con su hermano Álvaro al Corso, quien se presentaría esa noche era precisamente la orquesta de ‘El judío Maravilloso’. El Corso tenía sus puertas abiertas desde 1927, pero realmente durante muchos años se mantuvo como un restaurante que atendía americanos-alemanes que vivían por la zona. Solo fue a mediados de los años sesenta cuando Pete Bonet, un cantante puertorriqueño, consiguió convencer al nuevo dueño del restaurante, Tony Raymone, para que le permitiera innovar con noches de música latina. Y así comenzó la leyenda. Machito, Palmieri, La Sonora Matancera, Fajardo y su Orquesta, Tito Puente, toda la realeza musical del sonido latino comenzó a tejer la leyenda de El Corso.

A ese sitio llegó el caleño rumbero con un sueño que ya le había revelado a su hermano, quería conocer a ese inquieto músico del que todos hablaban, el gran Jhonny Pacheco. La suerte no pudo estar más del lado de Yusti, el hombre se ganó el ‘premio mayor’ no solo porque esa noche se presentaba Larry Harlow sino porque el invitado era precisamente el flautista, percusionista, arreglista, director, productor, cantante y compositor dominicano.

Pero si ya aquella noche prometía ser inolvidable, Miguel y su hermano terminaron viendo cómo tres violines se deshacían en el escenario: Andy Harlow, el maestro Félix ‘Pupi’ Legarreta  y un jovencísimo Alfredito de la Fe que comenzaba a andar sus primeros pasos. Mientras esta banda se divertía en tarima, abajo Pacheco y su Tumbao se preparaban con Héctor Casanova y el ‘Pete’ Conde Rodríguez liderando la avanzaba vocal que enardecería al público asistente. 

A unos metros, Miguel contemplaba extasiado la sinfonía musical y esperaba pacientemente el momento del encuentro. Todo fue más fácil de lo que esperaba. Media hora después de que terminó semejante zafarrancho orquestal, Álvaro, el hermano de Miguel, sentó en su propia mesa al ‘Zorro de plata’. Un estrechón de mano, un saludo cordial y un recuerdo de una rumba añeja fue suficiente para comenzar a construir una relación que se extendió por 45 años.

El pasado domingo 15 de febrero del 2026 se cumplió el quinto aniversario del fallecimiento del hombre orquesta del sabor afrolatino y Yusti recordó cómo se forjó esa amistad, además de buscar una explicación a esa extraña obsesión de convertirlo en ciudadano ilustre de Cali y entregarle las llaves de la ciudad.

Pasaron muchos años, transcurrieron muchas rumbas, se tomaron muchos tragos y hubo muchos ‘toques’ antes que de la mano de Manolito Vergara, otro entrañable amigo caleño de la rumba, Miguel Yusti lograra su cometido de traer al gran artista dominicano para honrarlo como hijo de esta ciudad que lo quiso y lo bailó como a pocos.

Manuel Vergara, el antiguo hombre fuerte de El Habanero, el emblemático espacio cultural aledaño al Parque Alameda, conoció a Pacheco también en Nueva York, pero en esa oportunidad gracias a Humberto Corredor, el polifacético caleño tan cercano a la Sonora Matancera.

“Siempre fue un gran caballero, un señor, tipo cariñoso y se daba sus lujitos como ‘el zorro de plata’ que era pues en ese tiempo le gustaba mostrar su melena al viento en un Mustang descapotable del año 1965 que tenía”, recuerda este gestor cultural, que estuvo por más de 20 años al frente de El Habanero.

Y es que, claro, Pacheco no fue un músico más. Era la última frontera, el final de una raza de grandes ‘caballos pura sangre’ de la salsa continental que convirtieron el género en algo más que una simple expresión artística de esta parte del mundo. Con Pacheco y sus producciones, la salsa se volvió internacional. Su ritmo fue llevado a los mejores escenarios de España, Gran Bretaña, Italia, Francia, Japón y hasta la madre África supo de este hombre de pelo blanco, delgado, de sonrisa fácil, voz aguda y flauta versátil que junto con Jerry Masucci crearon la Fania All Stars en los albores de los años 70 y construyeron ‘nuestra cosa latina’.

Pacheco hijo de Rafael Azarías Pacheco, quien en su país era director y clarinetista de la orquesta ‘Ritmo del Yaque’, y de Octavia Knipping Rochet, nieta del colono francés Cristophe Rochette. Fue de su padre de quien recibió su primer instrumento musical. A los once años salió de República Dominicana rumbo a Nueva York, donde aprendió a tocar instrumentos de percusión en la Escuela Juilliard.

A finales de los años 50 hizo parte del conjunto del pianista Charlie Palmieri. Arrancando la década de los sesenta formó su primera orquesta llamada Pacheco y su Charanga, que tuvo un tremendo éxito. La orquesta firmó con el sello Alegre Records y vendió más de 100.000 copias de su primer álbum titulado Pacheco y su Charanga Vol. 1.

A partir de ese momento y hasta finales de 1963, se convirtió en una estrella de fama internacional y realizó giras en los Estados Unidos, Europa, Asia y América Latina. Incluso, ‘Pacheco y su Charanga’, fue la primera banda latina en presentarse en Teatro Apollo en Harlem, en 1962 y 1963.

Pero realmente el giro de la vida se produjo en 1964 cuando se encontró con el abogado de ascendencia italiana Jerry Masucci y crearon la disquera Fania Records, que se convertiría a la postre en el gran monstruo de la producción musical afroamericana. Ese mismo año el sello lanzó su primer disco ‘Cañonazo’, el álbum contaba con Pete ‘El Conde’ Rodríguez como vocalista.

Como ejecutivo de la compañía, director creativo y productor musical, Pacheco fue responsable del inicio de las carreras de muchas de las estrellas que formaron parte de la compañía discográfica Fania, como Ray Barretto, Bobby Valentín y Rubén Blades.

Otro momento histórico de su vida tuvo lugar en 1968, cuando unió a todos los músicos del sello y los presentó a la vez durante un concierto, lo que marcó el nacimiento de la legendaria agrupación Las Estrellas de la Fania, una era inolvidable que cambió la historia de la música afrolatina.

Durante varias décadas, Johnny Pacheco simplemente era el caballo más grande. Lo que dijera Pacheco se hacía y a quien bendijera, ese era el elegido. Pacheco apadrinó decenas de artistas, produjo centenares de álbumes, fue corista de esos trabajos o tocó la flauta. Pacheco era omnipresente.

 ‘La cosa caleña’

Pasaron los años y la idea de traer a Pacheco a Cali para entregarle las llaves de la ciudad seguía rondando a Yusti. En el 2004 se anunció que venía a la capital del Valle después de muchos años de ausencia, pero un empresario quedó mal y el viaje se canceló. Yusti, quien para entonces hacía parte del gobierno caleño de aquellos años, sintió que se había perdido la mejor oportunidad para el reconocimiento que planeaba, pues tampoco era muy bien visto que pareciera más interesado en la rumba caleña que en los complejos avatares de la política local. El entonces Secretario de Gobierno creyó que ya todo estaba cancelado, pero un viaje a Fort Lauderdale a comienzos de 2005 le permitió ver a la Orquesta de Willie Rosario y encontrarse con una persona que resultó siendo muy cercana a Pacheco y su empresario. “La cosa es que al otro día, cuál no sería mi sorpresa, me llamó el propio Pacheco y su saludo fue: ‘Yucti, yo voy pa’ Cali, dime cuándo’”.

Todo quedó listo para traer al ‘rey del tumbao añejo’ a mediados de año. Pacheco se entusiasmó tanto –recuerda Yusti- que armó hasta un ‘casting’ para tratar de venir con voces similares a las de ‘El Conde’ Rodríguez y Héctor Casanova, cosa que obviamente no logró por la dificultad de llegar a alcanzar tonos como los que poseían ese par de ‘caballos salseros’.

Unidos como los compadres (a propósito de Pacheco y ‘El Conde’) Yusti y Vergara se pusieron en la tarea de elaborar pergaminos, realizar las fotografías y, sobre todo, sorprender al maestro dominicano con una distinción que recordara por toda su existencia.

Ese día por fin llegó y a mediados de junio del 2005, un Pacheco emocionado llegó al despacho de Miguel Yusti, para entonces alcalde encargado de la ciudad (y es que hasta Oshun, Yemayá, Orulo y Obatalá se confabularon en favor del salsero), quien le rendiría el merecido homenaje al director dominicano que había alegrado tantas noches caleñas.

“Pacheco fue reconocido por la ciudad a través de la Administración Municipal. Como amigo y dándole curso a una invitación que le hice, llegó con su orquesta ‘Pacheco y su Tumbao’, fue portador de las llaves de la ciudad y condecorado por mí”, recuerda Yusti con gran nostalgia.

Para este docente universitario, que conoció como pocos el movimiento salsero de esta ciudad, el gran valor de Pacheco como productor y director musical fue el de recuperar el gran espectáculo de la salsa que había sido roto cuando apareció Joe Cuba y su Sexteto, que marcó un derrumbe de las espectaculares ‘big band’ de los años sesenta. 

“Lo que hizo Pacheco fue montar el formato de las grandes orquestas, con la matriz de la Sonora Matancera, para mí ese es su gran aporte. Muchos en esa época no le dieron la importancia que Pacheco tuvo como el más extraordinario arreglista de la salsa”, dice ahora Miguel, quien recuerda un episodio que hoy es una anécdota divertida más, pero que en los ochenta pudo ser una triste noticia mundial.

La historia que condujo a Yusti a vivir una anécdota como pocas se han contado sucedió así. En los locos años ochentaLarry Landa, el díscolo y discutido empresario que trajo a tantos artistas a Cali, invitó a Jhonny Pacheco y la Fania a un concierto en esta ciudad.

En esos tiempos, relatan muchos testigos de excepción, los artistas no solo venían por los dólares que tan generosamente se ofrecían sino también porque aquí había suficiente polvo blanco y mujeres por montón que ‘alegraban’ la vida de estos artistas. Pues bien, el relato de Yusti es contundente. Una noche después del concierto y estando en el Hotel Petecuy, el desaparecido hostal del Centro ubicado en la Carrera 9 con Calle 15 que albergó a todos los artistas que pasaron por Cali, por poco pasa a la historia como el lugar en el que casi pierde la vida Pacheco.

“Esa noche -recuerda Yusti- terminamos en el ‘penthouse’ y continuamos la rumba. De un momento a otro Pacheco dejó de hablar y me pareció muy extraño porque era muy conversador. Eran las tres de la mañana y de pronto veo a Pacheco que se me fue quedando, como cerrando los ojos y sin cómo poder volver a la rumba. Me asusté porque se sentía mal, como sin aire, entonces me tocó urgente mandar a comprar leche y todos estos remedios que uno sabía que se usaban para ‘volverlo a la vida’”.

Yusti, hace muchos años alejado de los excesos, pero no de la buena melodía que  sigue palpitando, ahora suele escuchar el tumbao añejo de Pacheco pero en su apartamento porque dejó de asistir a los viejos grilles de Alameda desde hace un tiempo cuando el virus que desató la pandemia mundial lo sorprendió y casi se lo lleva de la última rumba, sin siquiera haberla bailado. Ahora mientras hace una pausa en el relato, me recuerda que Pacheco nunca se olvidó de esta anécdota que luego recordarían en medio del jolgorio. “¿Te imaginás que Pacheco se nos hubiera muerto en Cali?, Nooooo, qué tragedia”, me dice Miguel, mientras señala sonriente un cuadro donde emerge la figura del gran director musical.

Una declaración que sorprendió

Pero en lo que coinciden los otros compadres (Manolito y Yusti) es que ese día de la condecoración, de la entrega de las llaves de la ciudad y de la consagración como ciudadano ilustre de esta capital, Jhonny Pacheco los sorprendió al anunciar que sin lugar a dudas “Cali es la capital mundial de la salsa”.

Esa retribución de Pacheco, conocedor como pocos de lo que se estaba cocinando en el ambiente salsero, fue una clara muestra de que entendía que esta capital era el último baluarte de un movimiento que él transformó.

Ahora intento comprender que su anuncio no obedeció a una devolución de atenciones sino simplemente a que como buen visionario que fue toda su vida, el dominicano vio claro que la salsa perduraría en el tiempo en la medida que una ciudad (Cali) la protegiera, la conservara y la multiplicara a través de sus bailarines, de sus orquestas, de su coleccionismo para llevarla por todo el mundo y que definiría, con su baile, un estilo único de goce en las pistas, el estilo caleño.

“Hay que poner atención porque esa es la única declaración formal que existe de una ciudad como capital mundial de la salsa y es un gran mérito que la haya entregado Pacheco porque él cruzó todos los océanos llevando el nombre de la salsa al mundo. Se le ocurrió eso en plena celebración, nosotros no sugerimos nada, nos dijo: ‘ustedes son la memoria musical de la salsa para el mundo’”, recuerda Manolo Vergara.

Incluso, rememora el antiguo propietario de ‘El Habanero Club’, Pacheco les contó como anécdota que muchas veces, en pleno diciembre, tenía problemas para conformar orquestas o enganchar cantantes porque la mayoría estaba en Cali. “Esta ciudad es una historia en nuestros corazones, en nuestros sentimientos”, les decía el dominicano.

Por eso, Manolo no duda en decir que ese impulso que le dio Pacheco a Cali fue una especie de entrega de una posta, de un legado, de una herencia musical que le ha dado a la ciudad la oportunidad de seguir creciendo con sus más de 2.500 bailarines, más de 200 academias de baile, medio centenar de orquestas y decenas de lugares donde se sigue cultivando una devoción única por la música afroantillana.

Entre los diferentes méritos que tiene Pacheco, uno de ellos es que fue el primero en devolver la salsa a su origen, a la cuna de Obatalá y del eco de un tambor. “Con la orquesta mía tuve la dicha de que fuera la primera en tocar en el África. El amor que le tienen a nuestra música es increíble. A ellos les gusta cualquier tipo de música que tenga ritmo bailable, especialmente el son y la guajira, y son tremendísimos. Por eso les toqué ‘Vikingo caliente’. Lo primero de nosotros que llegó a África fue ‘Acuyuyé’ y una guajira llamada ‘El piñarero’, que pienso grabar de nuevo con Celio González”, recordó alguna vez el propio Pacheco en una conversación con el investigador César Pagano.

“Un soñador de lo imposible”, qué bella frase… Así se autodenominó en una entrevista el destacado músico, un hombre que al repasar las huellas dejadas en la arena rumbera podía sentirse orgulloso de lo que ejecutó por sus raíces artísticas.

Y hoy, cuando se conmemoran cinco años de su partida y los salseros no terminamos de lamentar su partida, hay que recordar el amor de Pacheco por Cali y cómo una declaración suya se convirtió en el pasaporte para que la ciudad fuera conocida como la capital mundial de la salsa, honremos su legado…